Anansi y los cuentos del cielo

Anansi the spider must catch three sounds to win the sky's stories. Inspired by traditional tales from Ghana.
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Anansi y los cuentos del cielo — Video
Anansi y los cuentos del cielo — Transcript
Anansi y los cuentos del cielo. Una aventura inspirada en los cuentos tradicionales de Ghana.
La araña Anansi había subido hasta el cielo por un hilo de seda. Tenía una petición importantísima para Nyame, el dueño de los cuentos. Pero primero debía entrar con elegancia.
Pata uno, adelante. Pata dos, adelante. Pata tres… No, tú eres la cinco. Regresa.
¿Vienes a hablar conmigo o a contar tus patas?
Las dos cosas. Casi termino.
Anansi se acomodó las ocho patas sobre la alfombra de la entrada. Luego hizo una reverencia tan profunda que se le fueron todas hacia adelante.
¡Upa! ¡Yo solo quería saludar! ¡La alfombra me hizo tropezar!
He venido por tus cuentos. Abajo siempre me piden uno nuevo.
¿Y qué les cuentas?
El de la araña que encontró un mango.
¿Y después?
El de la araña que se comió el mango.
¿Y después?
Después… ya no había mango.
En el cielo había cuentos de viajes, de enredos y de cosas que nadie había visto todavía. Anansi quería llevarlos a casa. Quería sentarse a contarlos y oír que alguien pedía: «¡Otro de Anansi!».
Déjame llevar tus cuentos. Los contaré tan bien que hasta las piedras se acercarán a escuchar.
Si las piedras vienen, les guardaremos sitio. Pero antes, tráeme tres sonidos.
¿Solo tres? Me van a sobrar patas.
El zumbido de un enjambre de abejas. El siseo de una boa a lo largo de una rama. Y el ronroneo de un leopardo… que esté despierto.
Despiertísimo. Tomando notas, si quieres.
Nyame le entregó una calabaza seca y hueca. Tenía una abertura arriba y un cordón largo alrededor del cuello.
Bonita. Pero los sonidos se van a escapar por el agujero.
Mira.
Nyame dio una palmada mientras hacía un nudo en el cordón. Después tocó el nudo con un dedo.
¡La guardaste!
Haz un nudo mientras suena algo y lo guardarás aquí. Toca ese nudo para escucharlo otra vez.
Nyame deshizo el nudo. La calabaza quedó en silencio.
Deshazlo y el sonido queda libre. Tráeme esos tres y podrás llevarte mis cuentos. Los contarás con tu nombre.
Entonces prepara muchos cuentos. Vuelvo enseguida.
Anansi bajó por su hilo con la calabaza bien sujeta. A medio camino miró sus patas.
Con cuatro alcanza. Las otras cuatro pueden descansar.
Encontró a las abejas trabajando entre las flores. Iban, venían, se posaban y volvían a salir. Ninguna tenía tiempo para admirar a una araña.
Buenos días. Ha llegado Anansi, el gran…
La flor amarilla está ocupada. Prueba en la blanca.
No vengo por flores. Vengo por un zumbido extraordinario para una misión extraordinaria de una araña extraordin…
Mientras hablaba, Anansi hizo un nudo sin darse cuenta. Lo tocó.
Ha llegado Anansi, el gran…
¿Trajiste a otro?
No. Con uno es suficiente.
Deshizo el nudo. Su propia voz desapareció de la calabaza. Anansi observó a las abejas. Eran muchísimas. Miró la abertura. Miró otra vez a las abejas.
No caben.
¿Quiénes?
Sus zumbidos. Aquí no caben todos. Ni la mitad.
¿Y tú cómo sabes cuánto zumba un enjambre?
Por eso. Un zumbidito pequeño, tal vez. Pero todos juntos…
Sujeta eso.
La abeja se detuvo frente a la abertura y zumbó.
Sí, muy bonito. Pero dije todos.
Llegó una segunda abeja. Luego otra. Y otra más. Sin entrar en la calabaza, se reunieron alrededor de la abertura.
¡Eso! ¡Eso es lo que yo decí…!
Anansi quiso hablar justo en medio del zumbido. Las palabras le salieron temblando. Empezó a aplaudir con dos patas, y la calabaza se le movió para todos lados.
¡Quieto! La calabaza. Tú puedes presumir después.
Anansi la sostuvo con seis patas. Con las otras dos hizo un nudo.
¿Ya puedo presumir?
Primero comprueba.
Tocó el nudo. La calabaza zumbó como si tuviera un pequeño verano adentro.
¡Uno! Sabía que cabían.
Hace un momento decías otra cosa.
Estaba… dejando espacio para la sorpresa.
Cuando tengas esos cuentos, ven a contarnos uno. Después del trabajo.
El primero será aquí. Prometido.
Las abejas volvieron a sus flores. Anansi se marchó con un nudo y una promesa.
Más allá encontró a Boa tomando el sol junto a una rama caída. La cabeza estaba cerca. La cola… bastante más lejos.
Necesito el siseo de una serpiente tan larga como esta rama.
Esa rama no es tan larga como yo.
¿Segura? Desde aquí parecen iguales.
Desde ahí estás viendo mal.
Anansi puso un hilo junto a la rama para medir. Corrió hasta la cabeza de Boa.
Empieza en la punta de mi nariz.
Corrió hasta la cola.
Mi cola termina más allá.
Corrió otra vez a la cabeza. El hilo se le pasó por debajo de una pata, por encima de otra y alrededor de la cintura.
Aquí hay un nudo.
Ese nudo no es mío.
Ya lo veo. No hace falta señalarlo con toda la cola.
Anansi se soltó. Apoyó la calabaza al principio de la rama.
Tú siseas y yo voy llevando esto hasta el otro extremo.
Si puedes llegar tan lejos.
¡Espera! Me queda una pata adentro del hilo.
Avísame cuando tus patas se pongan de acuerdo.
Anansi miró la rama. Miró a Boa. Y recogió su hilo de una vez.
Mejor pasa tú. Yo no me muevo. Si eres más larga que la rama, tu siseo también llegará hasta el final.
Por supuesto que llegará.
Boa se deslizó frente a la abertura de la calabaza, despacio y muy orgullosa. Primero pasó la cabeza. Después, el cuerpo. Y todavía quedaba cola.
Anansi hizo el segundo nudo mientras Boa siseaba. Cuando pasó la punta de la cola, tocó el nudo.
¡Dos! Y yo sin correr.
Te lo dije. La rama era corta.
Anansi recogió la calabaza. Esta vez contó sus patas antes de irse.
Una, dos… Todas libres. Excelente.
Debajo de un árbol descansaba Leopardo. Tenía los ojos abiertos y una pata enorme sobre otra. Anansi dejó la calabaza a su lado y tomó aire.
¡Leopardo! He venido a escuchar el rugido más formidable de…
Se detuvo. Miró sus dos nudos. Se acordó de Nyame.
Un momento. El ronroneo. He venido por el ronroneo.
Menos mal. Estaba muy cómodo.
Necesito que ronronees despierto.
Estoy despierto.
Ya resolvimos la mitad.
Anansi esperó. Leopardo también.
Qué bigotes tan espléndidos.
Gracias.
Qué patas tan elegantes.
También.
Qué… árbol tan bien escogido.
Lo escogí yo.
Ni un ronroneo. Anansi levantó la calabaza para acercarla. Al levantarla, una pata se le resbaló. La calabaza se inclinó y el primer nudo rozó una hoja.
¿Abejas?
Leopardo dio un respingo. Anansi dio otro. Su hilo se estiró y lo dejó sentado sobre una hoja, con las ocho patas hacia arriba.
La reverencia era así.
¿Eso era una reverencia?
Anansi se quedó quieto un instante. Luego levantó una pata, como quien anuncia una función.
Había una vez una araña muy elegante que fue a visitar a Nyame.
¿Muy elegante?
Tremendamente. La alfombra del cielo, al verla entrar, se puso nerviosa.
Las alfombras no se ponen nerviosas.
Esta no estaba acostumbrada a tanta elegancia. Se enredó, tropezó y…
La alfombra no tenía patas.
Por eso usó las mías.
¡Deja en paz a esa pobre alfombra!
Anansi se enderezó sobre la hoja. Leopardo seguía riéndose. Y, entre una risa y otra, de su pecho salió un sonido suave y profundo.
Anansi acercó la calabaza e hizo el tercer nudo. Leopardo abrió un ojo más que el otro.
Sigo despierto.
Perfectamente despierto.
Y la alfombra sigue siendo inocente.
Tendré que cambiar esa parte.
Anansi tocó el tercer nudo. El ronroneo volvió a sonar. Sonrió, se colgó la calabaza y corrió hacia su hilo.
Subió al cielo con un zumbido, un siseo y un ronroneo. Esta vez no iba a tropezar. Esta vez entraría como una araña importantísima.
Veo que regresaron las ocho.
Y trajeron compañía. ¡Escucha!
Anansi alzó la calabaza e hizo una gran reverencia. Al bajar la cabeza, una pata rozó los tres nudos a la vez.
Esa… era la presentación.
Muy concurrida.
Anansi levantó la cabeza. Nyame sonreía.
Las abejas. Boa. Y un leopardo bien despierto. Cumpliste, Anansi.
¿Puedo llevarme los cuentos?
Sí. Puedes llevarlos a casa y contarlos. Desde hoy también serán los cuentos de Anansi.
Nyame le dio un pequeño saco, ligero como una nube. Adentro, los cuentos se movían como páginas que quisieran abrirse.
¿Con cuál empiezo?
Conoces uno que todavía no está en ese saco.
¿Yo?
El de tus patas llenas de polvo.
Anansi miró sus patas. Miró la alfombra. Y se le ocurrió una idea.
Había una vez ocho patas que querían entrar primero.
Tocó el primer nudo.
«¡Yo primero! ¡Yo primero!». Todas eran muy importantes, especialmente las mías.
Eran todas tuyas.
Por eso discutían tanto.
Entonces, la araña hizo una reverencia larga…
Tocó el segundo nudo.
…y terminó sentada de una manera muy distinguida.
Levantó la barbilla y tocó el tercer nudo.
Eso último era el Leopardo.
Está haciendo de mí. Le sale bastante bien.
Anansi bajó a casa con el saco de cuentos y la calabaza de los tres nudos. Cuando las abejas terminaron su trabajo, se sentó cerca de las flores, tal como había prometido. Boa se acomodó alrededor del árbol. Leopardo llegó, dio una vuelta y encontró un sitio perfecto para escuchar.
Había una vez una araña tremendamente elegante…
¿Elegante como tú?
Pregúntale a la alfombra.
Ahora sí quiero escuchar.
Anansi miró a su público. Ocho patas, tres nudos y muchísimos cuentos. Se acomodó sobre la hoja.
Tengo que empezar otra vez. Ya saben demasiado.
Y así termina Anansi y los cuentos del cielo.
